
Llegamos , el estómago con manos, él y yo de la mano... siempre de la mano, sólo cambiaba la condición cuando tocaba la entrada triunfal, entonces Don Alfredo me pedia que le tomara del brazo y me trasformaba en ese instante de amante a reina.
Brindábamos sin vino, con caldo de camarón, aunque nos acompañaban cárceles de espíritus rojos, rodeados de bóvedas, morcilla y latón. Toros, cánones, cofres. ¡Cuánta leyenda!
Bajo lámparas de botellas.
Y otra vez de ojo a boca morcilla,
pausa,
placer,
humo cómplice.
¡Liberen un espíritu!
He vuelto hace pocos días al mismo sitio, esta vez me pareció un conocido restaurante del centro en donde yo apreciaba que se pudiera fumar.
Y me transformé en ese instante de hada a puta.

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